Noche de principios de verano.
Pantalón corto y tirantes.
Ropa de pijama.
Martes y salgo a fumar al portal.
Mi compañera de piso ha invitado a unas amigas. Hacen mojitos y el azúcar moreno parece invitarme a liarme un poco. Muy poco. Sigue siendo martes, voy en pijama y acaba de empezar el verano.
Intercambiamos algunas anécdotas, me dejo integrar en un grupo tan nuevo y familiar, sus risas se me clavan en el ánimo y el martes de principio de verano me anima a liarme un poco más. Sólo un poco más.
Me deshago del pijama y de la apatía que me había embargado el cigarro en el portal.
No sé muy bien cómo ocurre, pero aparecen un par de chicos más. No hace falta terminarme el tercer mojito para saber que algo más interesante que lo que prometía el pijama y el cigarro, va a pasar con uno de ellos.
No nos quitamos el ojo, queriendo quitarnos la ropa.
Aún hay mucha gente, así que ante la imposibilidad de lo que mis hormonas me dibujan en la mente, comenzamos a hablar. Y resulta que es interesante. Divertido. Inteligente. Creativo. Disperso. Inquieto.
Nos besamos, nos reímos y nos follamos.
Y la noche del martes se acaba.
Nos volvemos a ver. Una, y otra vez. Hay besos, hay risas, hay conversaciones interesantes, miradas, incluso paseos de la mano.
Y el verano sigue, se ríe de nosotros; se interpone.
Nos volvemos a ver. Y todo algo ha cambiado.
Nos besamos, nos reímos y nos follamos.
Pero algo ha cambiado. Y ya no es martes de principio de verano, sino domingo de finales.
Y se acaba. Se acaba.
Como en una atracción me sujeto al corazón, esperando el vértigo, el miedo, y la caída sin saber si me he abrochado el cinturón de seguridad. Quizás la atracción esté averiada, quizás nunca me llegué a subir, quizás hay demasiadas medidas de seguridad, porque lo que viene después, sin entenderlo muy bien, es nada.

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