Creo que no se habla lo suficiente de la distancia. La distancia con una misma, con la vida que tienes, con la que tuviste, con tu entorno, con el pasado y el presente (que, spoiler, acabas de descubrir que no te pertenece).
Creo que no se habla, ni de lejos, lo suficiente de la distancia.
Vivir, crecer, descubrir. Todo éso al volar de tu zona de confort, y al volar, literalmente, también. Poner ciudades o países de por medio, por el motivo que sea, es un momento que creo, todo el mundo debería experimentar. No para un viaje de fin de semana o vacaciones de verano. Hacer tu hogar de un lugar desconocido y de su gente tu familia.
Qué bonito todo, ¿eh?
Sí que lo es.
A veces.
Y, de ésto sí se habla. Se habla a cámara a lenta y con una banda sonora que te hace sentir mariposas en el estómago y la valentía suficiente para vivirlo. Pero nadie habla de la cara B. Nadie habla porque, para qué engañarnos, no es agradable. Pero está ahí. Está y es muy real.
De pronto pasa algo, en el lugar donde se supone que deberías estar (aunque no) porque has estado toda tu vida. Y no estás. No, estás sola, en tu habitación, sin encontrar sentido a los kilómetros y la imposibilidad de deshacerte de ellos.
Y éso, amigos y amigas, es una mierda.

